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"El (buen) relato", por Francisco Fernández Beltrán

Trigésimo primer artículo de La Libreta de adComunica, espacio quincenal de colaboración de las socias y los socios de la asociación en El Periódico Mediterráneo, publicado el 16 de abril de 2026.

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Somos animales narrativos. Desde el principio de los tiempos, las historias nos conforman y nos ayudan a entender la realidad. Aristóteles, en su Poética, ya nos enseñó que los relatos permiten organizar los acontecimientos en una estructura con principio, medio y fin que resulta fundamental para poder interpretar el mundo en el que vivimos. Sin esas narraciones nos resultaría mucho más difícil comprender a nuestros congéneres, incluso a nosotros mismos, y por supuesto habría sido imposible mantener vivos los vínculos entre las diferentes generaciones.

En las sociedades contemporáneas, ese papel fundamental de las historias dentro de la experiencia humana se está poniendo en entredicho, cuando no pervirtiéndolo. En La crisis de la narración, Byung-Chul Han (2023) sostiene que las condiciones culturales y tecnológicas actuales, marcadas por la aceleración, la fragmentación de la atención y la lógica del rendimiento, han erosionado las estructuras narrativas que tradicionalmente organizaban el tiempo, la memoria y la identidad de los individuos. En lugar de relatos coherentes, asistimos a una proliferación de informaciones y estímulos descontextualizados que dificultan la construcción de historias con continuidad y sentido, asegura el filósofo germano-coreano.

Y es que el problema radica no tanto en el abuso de la narrativa, sino en su instrumentalización como sustituto de la realidad. Cada día asistimos al bombardeo constante de historias con las que todo tipo de organizaciones, desde políticas a empresariales, pretenden influir en las personas y en la sociedad en su conjunto. No habría nada reprochable en ello si esos relatos fuesen siempre ciertos, y no exagerados o directamente falsos, y si no tuviesen la finalidad de desviar la atención de los asuntos que deberíamos atender prioritariamente. Como comunicadores deberíamos promover solo el buen relato: aquel que no solo es cierto, sino que además no se narra con fines espurios. Y, como ciudadanos, haríamos bien en no aceptar sin más esas historias, en cotejarlas y analizarlas de manera crítica, si no queremos que, bajo la apariencia de relato, nos vendan un cuento.

* Director del Máster de Innovación en Comunicación de la Universitat Jaume I

 

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